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"Nada podemos esperar sino de nosotros mismos"   SURda

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24-07-2016

El viejo vientre inmundo es aún fértil

 

 


SURda

Opinión

Guillermo Almeyra

 

Bertolt Brecht ya nos previno: el viejo vientre inmundo que parió el fascismo y el nazismo como conclusión lógica del liberalismo sigue dispuesto a parir monstruos.

En efecto, casi todos los gobiernos pisotean desde hace años los derechos democráticos y, mediante los ajustes y la liquidación de los derechos laborales, se empeñan en hacer volver a los trabajadores a la situación imperante en el siglo XIX. También crece el racismo, la xenofobia, la discriminación étnica y religiosa que parecían superados con la derrota del nazifascismo. A nivel mundial y desde los años 80 asistimos a una prolongada y gigantesca ola reaccionaria.

En el país de la discriminación racial, del Ku Klux Klan, de los linchamientos hasta hace unos 60 años, de la ignorancia de masas organizada (42 por ciento de los estadunidenses cree que Dios creó al mundo en siete días) y del antisocialismo visceral han surgido dos movimientos paralelos, aunque de distinta magnitud, que entierran la teoría oficial del modo de vida estadunidense.

Por un lado, por la izquierda, presenciamos el crecimiento de la rebelión –que no teme ya llamarse socialdemócrata detrás del senador Sanders– de una parte importante de los intelectuales y estudiantes y de las minorías étnicas (negros, latinos) y su diferenciación del Partido Demócrata, al que seguían mayoritariamente desde Franklin Delano Roosevelt y su New Deal después de la Gran Depresión en los treinta.

En el versante opuesto ha crecido brutalmente una base de masas para un clericalfascismo a la estadunidense detrás de un capitalista aventurero –Donald Trump– de una ignorancia, una brutalidad y un primitivismo sin precedente.

Este individuo acaba de ser nombrado por un sector minoritario del gran capital candidato a presidente por el Partido Republicano y se apoya sobre la ignorancia de la inmensa mayoría de los ciudadanos y sobre su patrioterismo chovinista que les hace creer que su país es el centro y el gendarme del mundo.

Su base principal es el resentimiento y el racismo de los sectores más atrasados de los trabajadores, cuyo nivel de vida ha bajado continuamente desde hace años. Esa gente, como el Tea Party, atribuye su decadencia social a lo que consideran liberales y radicales (para ellos Obama y los Clinton entrarían en esa categoría).

En la época de la difusión de las armas atómicas (que incluso Corea del Norte posee) el triunfo de un hombre que desbarataría la economía de su país y la del mundo y recurría sin problema alguno a una guerra que podrá destruir Estados Unidos, sus adversarios y toda la civilización, la candidatura de Trump y la posibilidad de que sea electo debería movilizar inmediatamente a todas las víctimas de la política de Estados Unidos, a los demócratas del mundo y principalmente a los mexicanos en Estados Unidos o en México.

Hitler podría haber sido evitado y con él la Segunda Guerra Mundial. Hay que hacer todo lo posible para evitar un gobierno estadunidense que practique el fundamentalismo religioso y que esté en manos de un sicópata armado hasta los dientes.

Ahora bien, desde el gobierno capitalista nacional chino que restringe los poquísimos derechos democráticos hasta el de Vladimir Putin o el francés que impone por decreto una ley laboral rechazada por la inmensa mayoría de los franceses, todos los gobiernos recurren al chovinismo y a la xenofobia y practican una represión cada vez más violenta. La izquierda, en el mejor de los casos, libra batallas sindicales defensivas, sin comprender lo que está en juego a nivel internacional ni pensar estratégicamente.

Por supuesto, la candidata del Partido Demócrata, Hillary Clinton, es servidora del capital financiero internacional y belicista, como lo demostró cuando fue canciller de Barack Obama. Los dos candidatos en Estados Unidos defienden al capitalismo en general y al imperialismo estadunidense en particular. En eso son iguales, pero en las otras cosas no. En Argentina cometí el error de juzgar sociológicamente los dos candidatos que fueron al balotaje y me abstuve diciendo que iban a aplicar el mismo programa, pues eran igualmente antiobreros y corruptos, lo cual es cierto, pero pasé por alto el detalle de los métodos y lazos de quien proponía tirarnos a las brasas (Mauricio Macri) y de quien prometía hervirnos lentamente (Daniel Scioli). No es lo mismo, en efecto, un gobierno de François Hollande que uno de Jean-Marie Le Pen, aunque el primero prepare el del segundo…

Por consiguiente, lo recomendable a los latinos y trabajadores en Estados Unidos es organizarse, inscribirse en el padrón electoral y votar críticamente por Hillary Clinton, tapándose la nariz y sin tener en ella ni un mínimo de confianza.

Desgraciadamente aún no se puede votar por un partido obrero independiente y socialista, que hay que construir junto con los sindicalistas más combativos.

Los trabajadores y los sindicatos clasistas en México deberían ayudar a esa tarea con declaraciones y organizadores de los emigrantes para preservarse de las consecuencias de la política de Trump. Porque, entre otras cosas, si éste eliminase el TLC no sería para restaurar la situación en el campo mexicano que existía en los años 80, sino para rebajar aún más el nivel de vida en lo que queda de los campesinos de México, decretando más subsidios y medidas favorables a los agricultores capitalistas de Estados Unidos.

Una de las principales infamias de los gobiernos del PRI y el PAN desde Salinas de Gortari es la total sumisión del país a los intereses del gran capital estadunidense, lo cual ha convertido al Estado mexicano en un semiestado. Enrique Peña sirve a Obama y él o su gente servirán a Trump si llegase el caso. No se puede, por tanto, ni siquiera escuchar a quien no se pronuncie desde ahora contra el candidato neofascista. Frenemos el crecimiento de un nuevo Adolfo Hitler o un Benito Mussolini en nuestras fronteras.

Fuente: http://www.jornada.unam.mx/

 

Europa, el viejo vientre inmundo


Guillermo Almeyra


El viejo vientre inmundo de la extrema derecha puede seguir pariendo monstruos, advertía Bertolt Brecht. Ahí están, para probarlo, los neonazis italianos que homenajean al nazi Priebke, que asesinó a 335 italianos en las Fosas Ardeatinas en Roma, los neonazis griegos de Aurora Dorada, el crecimiento de la extrema derecha en los países nórdicos y en Francia, detrás del Frente Nacional de Jean-Marie y Marine Le Pen, e incluso el Tea Party estadounidense. La xenofobia, el racismo, el antisemitismo, el chauvinismo, la demagogia, el liberalismo extremo, el rechazo a la solidaridad social, a la justicia social, al socialismo caracterizan a estos movimientos que dicen combatir al gran capital aunque lo sirven y, como Hitler cuando bautizaba “socialista” a su nacionalismo y adoptaba una bandera roja o Mussolini con su República Social, intentan agitar tradicionales banderas de la izquierda para lograr popularidad y practicar una política reaccionaria.
Son movimientos con base en las clases medias bajas conservadoras aplastadas y condenadas por la política del gran capital financiero pero que –estimulados por los grandes medios de comunicación- desvían su odio contra el movimiento obrero, los sectores más pobres de la población, como los inmigrantes, los Otros (musulmanes, judíos, gitanos) y los “políticos” y no contra sus verdugos. Estos movimientos reaparecen y prosperan en los momentos de crisis económica y de necesidad de redefiniciones políticas: los años 20 después de la Primera Guerra, en Italia, poco después en la Alemania en crisis, en Francia, España e Inglaterra, Hungría, Rumania, Polonia en los 30, nuevamente en Italia con el Uomo Qualunque de Guglielmo Giannini en 1944-1946, en la inmediata postguerra y cuando había que definir si el país sería monárquico o republicano, de nuevo en Francia con Pierre Poujade en 1953.
Este último, pequeño comerciante (tenía una librería-papelería) formado entre los fascistas franceses de Jacques Doriot y ex militante del régimen racista y fascista de Vichy, colaboracionista con los alemanes hasta que éstos ocuparon toda Francia, llegó a hacer mitines con 200 mil personas y a obtener el 11.6 por ciento de los votos y 52 diputados, uno de los cuales fue Jean-Marie Le Pen, ex combatiente en Africa contra la independencia de las colonias francesas. Poujade soñaba un capitalismo de pequeños y medios comerciantes e industriales, sin extranjeros ni sindicatos ni grandes capitalistas y financistas (para él todos judíos y masones), con un Estado de “Orden”. A diferencia del Frente Nacional de Le Pen, que tiene hoy el apoyo de más obreros que todos los partidos “de izquierda” juntos, su movimiento semifascista de masa, antecesor del Frente Nacional lepenista, terminó por disolverse apretado por un lado entre la fuerte resistencia de los trabajadores y la intelectualidad izquierdista y, por el otro, el veloz crecimiento del capitalismo francés en esos años, que le quitó la base de masas.
Marine Le Pen y su FN acaban de vencer derrotar a la alianza de todos los demás partidos de centroderecha y de centroizquierda, en las cantonales en Brignoles en el departamento de Var, una zona conservadora del sur de Francia. Las abstenciones llegaron al 60 por ciento demostrando que la mayoría no apoyaba a nadie ni creía en ninguno, entre los que votaron el FN sacó el 53 por ciento de los votos (o sea un 20 por ciento del electorado potencial). Parte del centroderecha evolucionó hacia el neofascismo, disfrazado para la ocasión de derecha nacionalista “responsable”.
¿Cómo se fabrica el caldo de cultivo de estos movimientos? Gracias al centro y a la seudo izquierda. En los veinte, por ejemplo, los conservadores italianos optaron por el fascismo para enfrentar a los obreros y los sindicatos socialistas reformistas se sometieron al gobierno de Mussolini; ya asentado éste, los comunistas dirigidos por Stalin-Togliatti creyeron en los treinta que era posible un frente con los “hermanos de camisa negra” contra el gran capital y, unos años después, Stalin hizo el pacto Molotov-Ribbentropp que reforzó a Hitler y a Mussolini. Igualmente el partido comunista alemán había hecho acuerdos con los nazis contra la socialdemocracia que gobernaba Berlín, a la que consideraba el enemigo principal y legitimó así a Hitler. Al comienzo los comunistas franceses apoyaron a Poujade creyendo poder manipularlo. Además, en el plano ideológico, el nacionalismo y el chauvinismo de los grandes partidos comunistas italiano y francés (el primero con sus reivindicaciones territoriales contra Yugoslavia en Triestre e Istria, el segundo con su huelga contra “el acero alemán” en apoyo de la siderurgia francesa y con la expulsión de trabajadores de color en algunas alcaldías parisinas que controlaban), se unió al racismo de los socialistas franceses en la defensa a cualquier costo del colonialismo en Indochina y de la Argelia “francesa”. No es de extrañar que ex votantes y miembros del partido comunista francés apoyen hoy al Frente Nacional ni que el chauvinismo de éste aumente cuando el ministro del Interior de Hollande, el “socialista” Valls, declara que los roms o gitanos deben ser expulsados porque tienen características genéticas inasimilables. Si los socialistas hacen la política de la derecha en Grecia, en Francia, en Escandinavia y el gran capital necesita eliminar totalmente la resistencia obrera y, sobre todo, alejar el temor al estallido social como consecuencia de sus políticas de ajuste ¿cómo no se va a deslizar el centroderecha hacia la extrema derecha, cómo no va a crecer ésta abriendo el camino a gobiernos “duros”? El antídoto contra la derecha es, antes que nada, una campaña de educación y una política anticapitalista, un gobierno de los trabajadores de todo tipo, pluralista, democrático, internacionalista. Si hay que enterrar la vieja República capitalista, debe ser para dar origen a una República social y solidaria de todos los trabajadores nativos o inmigrados.